Apuntes sobre el cubano imaginario

Ser cubano es una operación de variables cada vez más disímiles. Los estereotipos fáciles del cubano bailador, fiestero, luchón, chocan una y otra vez con la realidad de una cubanidad expandida fuera de las fronteras impuestas por el mar y la condición socio-económica, fracturada a nivel familiar por desaveniencias y distancias en muchos casos irreconciliables. Hay varias formas de ser cubano, de habitar eso que empieza siendo una marca de nacimiento (haber llegado a este mundo en la particular geografía de la isla), y va deviniendo una forma de ser, sí, pero también una forma de multiplicarse. Diáspora, exilio, el que se fue y el que se quedó, lenguajes nuevos, cuerpos que caminan de maneras que los vuelven irreconocibles, palabras, idiomas enteros que alejan lo que se aprendió en el barrio entre los amigos, el barrio mismo que cambia, asediado siempre por los ausentes y las viscicitudes del existir cotidiano;  todo lo que hay que aprender, todo lo que se aprende y lo que no se abandona, aun sin saberlo.

Pero entre todas las formas de ser cubano, o cubana por supuesto -entiéndase que hablo de hombres y mujeres- hay una que no nace de las experiencias o de los afectos, una que no se inventa en Cuba o en ninguno de los territorios en los que se despliega. Hay un cubano imaginario, que existe como construcción en la imaginación de algunos, un subproducto de la propaganda estatal y su innegable efectividad para producir un discurso ideologizado, y un componente de utopías necesitadas del sujeto que las haga parecer realizables.

La maquinaria (Yasser Castellanos)
Yasser Castellanos, La maquinaria

El cubano imaginario tiene la naturaleza de un luchador incansable. En eso quizás hay algo de cierto; vivir en Cuba es vivir en un permanente estado de lucha. No es casual que una de las respuestas posibles en encuentros eventuales a la pregunta: ¿cómo estás? sea: “aquí, en la lucha”. Hasta podría verse cierto tinte de heroismo en la búsqueda cotidina del plato de comida, e incluso en la insistencia en conservar, por encima de las carencias, la alegría y ciertos principios de comunalidad. Pero hay un salto que sirve a la equívoca y perversa equiparación de ‘pueblo’ con ‘Estado’, cuando la narrativa de ese luchar cotidiano se ve como expresión de una ideología en la que la gente lucha y sobrevive para defender un proyecto nacionalista, socialista y antimperialista, y no porque como humanos que son encuentran mecanismos para reproducir la vida en las condiciones más difíciles.

Los cubanos no imaginarios conocemos bien esa narrativa. Crecimos con ella; fuimos educados para sentirnos protagonistas de un poema épico en el que las fuerzas del bien, por más solitarias y aisladas que se encuentren, se enfrentan con el mal imperial, gigantesco, devorador de mundos; un poema épico en el que los términos han ido cambiando  (socialismo contra capitalismo, o patriotismo contra imperialismo, o Latinoamérica contra Estados Unidos) pero sin perder nunca la grandilocuencia de la escena bíblica de David contra Goliat. Ese poema épico cuya levadura fundacional fue el triunfo de la Revolución de 1959, fue decayendo en la medida en que el sacrificio exigido se volvió impagable. Para sostener esa narrativa, fabricada y diseñada ‘arriba’, allá donde se hacen los planes que nos toca vivir, donde la geopolítica importa más que la vida diaria, era necesario hacer silencio, alinearse sin críticas al proyecto “revolucionario”, pretender que estaba bien no tener comida, no poder salir del país, no tener más opciones que las que la patria (léase el Estado) previera y decidiera. Sobre todo, sostener esa narrativa implicaba creer, sin dejar espacio para la duda, que todos los males que nos aquejaban, eran responsabilidad del imperialismo.

Estando en Cuba, o habiendo vivido en Cuba, cualquiera se da cuenta que, sin quitar la maldad que corresponde a la política imperial norteamericana, la responsabilidad principal de nuestros males está en las políticas de ese mismo gobierno que nos exige vivir el martirologio correspondiente y necesario a la narrativa heroica. Un ejemplo, quizás el más elocuente, se escucha recurrentemente hace décadas: para tener medicinas caras y carros el bloqueo afecta, pero…. ¿y la comida? ¿por qué no hay pesacado en un país rodeado de mar? ¿por qué no hay viandas y carne en un país con tanta tierra fértil? ¿por qué 60 años de la misma pregunta y ninguna respuesta?

Cuba
Valla en el Hotel Nacional, La Habana. Foto: Johannes Neurath

Ya crecimos suficiente para saber que eso de ‘buenos contra malos’ solo existe en las viejas películas del oeste porque hoy,  ni en las de super héroes sucede tal cosa.  Claro que hay quien todavía repite discursos de la narrativa y quien asiste a sus rituales de reproducción; hay mucha gente viviendo en Cuba que ya no cree pero hace como que cree, entre otras cosas porque es muy difícil vivir en la ausencia total de sentido, sobre todo en un lugar donde hasta hace muy poco tener una meta-narrativa detrás del acto más cotidiano, era un fundamento básico de la vida. Sabemos ya, en general, tendencialmente, que el discurso y la realidad son, en Cuba y sobre Cuba, dos universos distintos, a menundo irreconciliables. Los hechos y los dichos chocan, desagarrándose mutuamente, sin que ni uno ni otro puedan reconocerse. El cubano imaginario es la evidencia de la impudicia del Estado cubano.

Pero el cubano imaginario es también necesario y funcional fuera de las fronteras de Cuba y su comunidad dispersa por el mundo. Es el sujeto necesario a cierta utopía de difícil denominación que, negado a ver la realidad de Cuba, está dispuesto siempre a disminuir, o incluso a dar por inexistentes sus males y si lo hace, repite sin examinar que es culpa del imperialismo y que Cuba está bien (total, están peor en otros lugares, dicen), que es necesario resistir y hacer sacrificios y ser el último bastión frente al imperio. Como resultado, el cubano no imaginario se encuentra así conminado, incitado, presionado de formas más sutiles o más explícitas, a ejecutar también para extraños, la pantomina del heroico pueblo que resiste.

Y el problema no es, en sí, la imaginación, ni la capacidad humana de construir una otredad que de cuenta de y alimente el mundo que ocupamos.  Todo lo que vive en la imaginación pugna por abrirse al mundo, por crearse una existencia, por habitar cuerpos. Ese es su poder. Hay que imaginarse algo inexistente para hacerlo posible. Es seguramente necesaria una utopía latinoamericanista, antimperialista, humana y hasta más que humana; hay que soñar para hacer realidad un mundo mejor posible. Pero hay un problema con esa imaginación que habita sus paisajes con seres que tienen existencia fuera de ellos y cuyas vidas no se parecen en nada a lo imaginado.

La consecuencia más grave de tal operación es, probablemente, que para que el cubano imaginario pueda vivir, el cubano real debe callar, y hacerlo callar es una forma de matarlo.  En algunas ocasiones, la exigencia puede hacerse explícita: “No hables mal de Cuba -se nos dice- nada debe decirse que empañe el grito antimperialista”. En otras es peor, un velado desacuerdo que no llega a expresarse porque de hacerlo, tendría que reconocerse como una forma de violencia: negar la experiencia del otro. Pero como en un círculo vicioso, aceptar la experiencia del cubano  real, o de los múltiples y disímiles cubanos reales, haría imposible sostener al “heroico” y “resistente” cubano imaginario. También es siempre un acto práctico de abandono; si los cubanos no están a favor o en contra (de la revolución, del imperalismo, de uno de los bandos), no son funcionales a la narrativa de la gloria y el heroismo y, fuera de esa narrativa, no despiertan la solidaridad que sí es necesaria y urgente para que quepan otras utopías, y para que salgamos de la guerra de contrarios que se justifican mutuamente mientras cargamos las consecuencias de sus pesadillas.

Al cubano imaginario no se le conceden matices, o dudas, mucho menos utopías propias. Sin embargo, puesto que la imaginación es esa tierra fértil que no puede negarse ni siquiera a los sujetos de la imaginación de otros, comparto una con otros cubanos y cubanas: que dejemos de ser recortados contra el fondo de utopías ajenas, y que las nuestras encuentren una voz y un lugar en el mundo.

Hilda Landrove
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