Abandonar la esperanza para recuperarla

“Porque nada está perdido, si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”. Decía así Cortázar en el capítulo inicial de Rayuela, y  pasaba a contar la aventura de un grupo de trabajadores que en 1907 decidieron cavar por su cuenta un túnel, sin acuerdo ninguno con los trabajadores del otro lado con los que debían encontrarse, al darse cuenta de que se habían desviado. Aceptando el desvío, habían continuado cavando, ya sin plan, sin cálculo y sin acuerdo, solo para salir a la superficie cuatro meses después a la altura de un cuarto de baño.

El ejemplo que acompaña a la frase pudiera parecer el menos ilustrativo. Aceptar que todo está perdido, no debería conducir al desatino o al error, aunque también ese es un posible desenlace. Podemos imaginar a los obreros que cavaban ese túnel inútil disfrutando cada tramo del camino hacia ningún lugar predeterminado, libres ya de la presión de la fecha límite, del mapa, de las noticias del otro lado, y completamente felices al salir a la altura de un cuarto de baño cuatro meses más tarde. Donde no hay destino fijado, cualquier punto de llegada es igual de satisfactorio.

Esta historia que acompaña a la frase sobre el valor de reconocer que todo está perdido, es por supuesto solo uno de los desenlaces posibles. En otros escenarios, impulsados por circunstancias más apremiantes, hay otros resultados. Pero en todos ellos, es una constante que los caminos surgidos de ese reconocimiento, comparten la atención en el andar y el desapego sobre el punto de llegada.

Eliane Brum escribía sobre su experiencia de acompañamiento a los indígenas amazónicos expulsados por el proyecto hidroeléctico Belo Monte: “Lo que me fascinaba en aquel momento, y todavía me fascina, era la alegría de estar juntos incluso en la catástrofe, un “fenómeno” que primero vi, después experimenté, junto con los ribereños expulsados por Belo Monte. La alegría como acto de insurrección, como el dedo metido en el ojo del huracán, barrenando la córnea del opresor. No sustituí la esperanza por la alegría, lo digo antes de que se me malentienda otra vez. Me convertí en otra manera de ser/estar en el mundo. Una que ríe aunque sea por descaro y que es capaz de luchar aun sabiendo que va a perder.”.

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“Landscape of Change” Imagen de Jill Pelto via PBS.org.

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Y los hongos, y sus aliados, heredarán la Tierra

Son tiempos de catástrofe. Lo son aunque no todo el mundo se haya enterado, o aunque se hayan enterado y prefieran hacer como que no y sigan jugando al optimismo y la esperanza, o a la negación y a pensar en el futuro mirando hacia el pasado.  2030, se nos dice constantemente por varias fuentes, es la fecha límite después de la cual la emergencia climática alcanzará el punto crítico de quiebre sistémico que desatará consecuencias imprevisibles.

Como solo puede suceder en el empuje tremendo que la perspectiva de la catástrofe impone sobre los que asumen la situación, no con optimismo sino con el pánico que es necesario para actuar cuando “la casa está en llamas“,  hay al menos dos grupos notables. Uno de ellos son los pueblos indígenas sobre los que hoy recaen los megaproyectos del extractivismo y su compañero inevitable, el despojo territorial y la muerte. Ellos enfrentan el “fin del mundo”, con el ánimo de quien lo ha visto terminar varias veces y ha adquirido la fuerza y la destreza para vivir en una especie de permanente estado de excepción; siempre bajo amenaza, siempre existiendo desde la resistencia. En una frase de 2014 que se tornó casi de inmediato célebre, Eduardo Viveiros de Castro hizo ver que los pueblos indígenas estaban preparados porque para ellos el mundo -su mundo- acabó hace 500 años. El intelectual indígena Aiton Krenak lo confirma cuando dice “me preocupa si lo blancos van a resistir. Nosotros estamos resistiendo hace 500 años”.

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Apuntes sobre el cubano imaginario

Ser cubano es una operación de variables cada vez más disímiles. Los estereotipos fáciles del cubano bailador, fiestero, luchón, chocan una y otra vez con la realidad de una cubanidad expandida fuera de las fronteras impuestas por el mar y la condición socio-económica, fracturada a nivel familiar por desaveniencias y distancias en muchos casos irreconciliables. Hay varias formas de ser cubano, de habitar eso que empieza siendo una marca de nacimiento (haber llegado a este mundo en la particular geografía de la isla), y va deviniendo una forma de ser, sí, pero también una forma de multiplicarse. Diáspora, exilio, el que se fue y el que se quedó, lenguajes nuevos, cuerpos que caminan de maneras que los vuelven irreconocibles, palabras, idiomas enteros que alejan lo que se aprendió en el barrio entre los amigos, el barrio mismo que cambia, asediado siempre por los ausentes y las viscicitudes del existir cotidiano;  todo lo que hay que aprender, todo lo que se aprende y lo que no se abandona, aun sin saberlo.

Pero entre todas las formas de ser cubano, o cubana por supuesto -entiéndase que hablo de hombres y mujeres- hay una que no nace de las experiencias o de los afectos, una que no se inventa en Cuba o en ninguno de los territorios en los que se despliega. Hay un cubano imaginario, que existe como construcción en la imaginación de algunos, un subproducto de la propaganda estatal y su innegable efectividad para producir un discurso ideologizado, y un componente de utopías necesitadas del sujeto que las haga parecer realizables.

La maquinaria (Yasser Castellanos)
Yasser Castellanos, La maquinaria

El cubano imaginario tiene la naturaleza de un luchador incansable. En eso quizás hay algo de cierto; vivir en Cuba es vivir en un permanente estado de lucha. No es casual que una de las respuestas posibles en encuentros eventuales a la pregunta: ¿cómo estás? sea: “aquí, en la lucha”. Hasta podría verse cierto tinte de heroismo en la búsqueda cotidina del plato de comida, e incluso en la insistencia en conservar, por encima de las carencias, la alegría y ciertos principios de comunalidad. Pero hay un salto que sirve a la equívoca y perversa equiparación de ‘pueblo’ con ‘Estado’, cuando la narrativa de ese luchar cotidiano se ve como expresión de una ideología en la que la gente lucha y sobrevive para defender un proyecto nacionalista, socialista y antimperialista, y no porque como humanos que son encuentran mecanismos para reproducir la vida en las condiciones más difíciles.

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Sembrar un árbol y retejer los lazos

Fue en 1977 que Wangari Maathai propuso formalmente el proyecto de un Gran Cinturón Verde. Cuando las noticias sobre la Gran Muralla Verde, el gran proyecto africano de lucha contra el cambio climático iniciado en el 2007, anuncian una esperanza de proveer no solo un antídoto a la deforestación sino también mejores condiciones de vida a las poblaciones que viven en las zonas afectadas, es necesario recordar a la mujer que concibió un proyecto similar a finales de la década de 1970. La principal idea que sustentaba el proyecto: la intríseca relación entre ecología y crecimiento humano. En 2004, Wangari Maathai se convertió en la primera mujer africana en obtener el Nobel de la paz. El comité que le otorgó el premio, destacó que su movilización de las mujeres africanas no estaba limitada al desarrollo sostenible; ella había visto el sembrar árboles en una perspectiva más amplia que incluía democracia, derechos de las mujeres y solidaridad internacional.

Wangari Maathai
No puedes esclavizar una mente que se conoce a sí misma. Que se valora a sí misma. Que se entiende a sí misma.

En efecto, su visión y su práctica fue, desde 1977 hasta su muerte en 2011, plantar árboles y estimular todo lo que derivaba de tal acto; reconstrucción comunitaria, aprendizaje, dearrollo sostenible, educación para la paz…. Plantar árboles fue, en la trayectoria de Wangari Maathai, primero una idea puntual, una solución a un problema concreto: 7 árboles plantados en el centro de Nairobi (hoy el movimiento ha sobrepasado la cifra de 300 millones de árboles plantados). Después, el elemento que podía aglutinar varias zonas de existencia y religar lo que había sido desconectado previamente. Los árboles eran protección para la erosión del suelo, pero también frutas, madera que podía ser vendida, agua cercana, forraje para los animales; en resumen, la mejoría de la vida. Más tarde, sembrar árboles exigió una coordinación de esfuerzos en el que las mujeres jugaban un rol fundamental; sembrar árboles trataba también de sus derechos, y de su posibilidad de crecer y sostenerse.  En la transcripción de un podcast para Onbeing, en entrevista de Krista Trippet, Wangari Maathai comenta que en efecto, sembrar árboles se convirtió también en una forma ecológica de desobediencia civil.

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“Probable, en suma, no quiere decir nada”. El poder del gesto de la libertad, en Merleau-Ponty

En el capítulo final de Fenomenología de la percepción, dedicado a explorar y definir  qué es la libertad, Maurice Merlau-Ponty examina la idea de lo probable y el determinismo que suele acompañarlo. Cuando decimos que algo es probable, o por el contrario improbable, solemos reafirmar la continuidad de actos que han ocurrido anteriormente de la misma manera, y que seguirán haciéndolo en virtud de su condición de probabilidad. Lo que Merleau-Ponty pone en cuestionamiento es que la idea de probabilidad involucre su propia confirmación, y para ello recuerda que la probabilidad remite a la estadística y que, en cualquier momento, cualquier cosa probable puede no realizarse y lo improbable puede hacerse acto. Para ello es, sin embargo, necesario desarticular el camino ya transitado, arrebatarle la propensión de la inercia. Y lo que ocupa ese espacio de acción que derrumba lo imposible y es capaz con su gesto de instaurar un recorrido, allí donde el peso de las repeticiones ha previamente instaurado otro, es la libertad. De esta manera lo enuncia Merleau-Ponty:

“Si mi libertad no soporta que se le enfrente ningún motivo, mi ser en el mundo habitual es en todo momento frágil, los complejos que he nutrido con mi complacencia durante años siguen siendo anodinos. El gesto de la libertad puede sin ningún esfuerzo hacerlos estallar en pedazos al momento siguiente. Y sin embargo, después de haber construido nuestra vida sobre un complejo de superioridad constantemente reasumido durante veinte años, es poco probable que cambiemos…. Probable, en suma, no quiere decir nada. Esta idea pertenece al pensamiento estadístico, que no es un pensamiento, puesto que no afecta a ninguna cosa particular existente en acto, a ningún momento del tiempo, a ningún acontecimiento concreto. “Es poco probable que Pablo renuncie a escribir libros malos”. Esto no quiere decir nada puesto que, en cualquier momento, Pablo puede tomar la decisión de ya no escribir. Lo probable está en todas partes y en ninguna, es una ficción encarnada, no tiene más existencia que la psicológica, no es un ingrediente del mundo.”

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escultura de la artista Haejin Leer (ver más aquí)

Lo que Merlau Ponty pone en cuestionamiento en relación a la idea de probabilidad es, fundamentalmente,  el determinismo que suele asociársele; el poder que le otorgamos (las más de las veces sin fundamento) a ideas que adquieren la cualidad de fuerzas conservadoras y evitan cualquier desvío de sus campos de influencia. La probabilidad, las experiencias del pasado, la pertenencia a una clase social… sobran los conceptos, los condicionantes que sostienen la estructura del ser y el estar, siempre disponibles para renunciar a explorar los potenciales que pueden emerger más allá de los límites que tales condicionantes imponen. Pero así como es el gesto de la libertad quien puede “hacer estallar al momento siguiente” cualquier determinismo, es a la vez la rebelión contra la aceptación del determinismo, contra la situación de estar inamoviblemente instaurado en un contexto y unas circunstancias particulares, lo que abre las puertas a la experiencia de la libertad. Finalmente, el ser en el mundo es, por inmutable que parezca, “en todo momento frágil”, y ese en un buen punto de partida.

Hilda Landrove

 

 

Un amigo nuevo y algunas verdades muy antiguas

Conocí hace unos meses a alguien que, desde el momento mismo de la primera conversación, se convirtió en un amigo. No es necesario ubicarlo en un lugar o darle un nombre, cierto o no, para reconocerlo o presentarlo. De hecho, prefiere que su voz no sea tanto suya, al menos no cuando otros se acercan a observar y adelantar preguntas. Compartiendo su tiempo y su espacio, supe de la muerte de alguien que conocía; alguien que atisbaba misterios, ya fuera porque leía en las sombras escondidos secretos que dejaban de serlo al momento en que los llamaba, o porque de tanto vivir sospechaba e intuía los malestares y los cansancios de los que llegaban, como pacientes, en busca de un consuelo, una palabra sabia, una plegaria, un gesto cargado de significado que les disipara los impedimentos y las tristezas.

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Cesar Calvo y las tres mitades de Ino Moxo

César Calvo era ya un extraordinario poeta cuando escribió Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía. La poesía fue consustancial a su paso por la tierra. Había escrito por ejemplo: “Detrás de nuestros actos, como una piel de voluntad sin tregua, somos nuestros propios antepasados. No hay roca que no sea memoria de nosotros, no hay trigo ni lamento que no hayamos sembrado o desgajado”[1]. Pero Las tres mitades de Ino Moxo es su obra mayor, una que algunos negarían como poesía y consideran quizás más una etnografía poética, o un testimonio novelado, y que otros denominarían poesía, pero para reducir con esa denominación el alcance de las visiones que emanan del libro cual su propia naturaleza; para decir que es un paisaje imaginado que solo existe en la particular disposición de las palabras que lo crean. Ino Moxo es, claro, también poesía, pero en su mejor sentido. En Ino Moxo, la poesía se realiza plenamente y a la vez se trasciende, en la dimensión en que trascenderse es la manera única de realizarse. La poesía de Ino Moxo no solo evoca sino que produce devenires, y los devenires solo pueden ser descritos evocándolos. Si hubiera que explicar cómo se estructura la novela, podría hacerse de acuerdo a los cánones de la nueva literatura latinoamericana; esa que quería reinventarse la dramática interior de una narración, la narración misma y componer un universo donde cupiera una cita, un sueño, una historia cotidiana y las más sesudas reflexiones del autor y de tantos otros autores presentes en la trama dejando su voz en referencias y llamadas, un universo plural donde coincidieran voces diversas. Leer más “Cesar Calvo y las tres mitades de Ino Moxo”