Un amigo nuevo y algunas verdades muy antiguas

Conocí hace unos meses a alguien que, desde el momento mismo de la primera conversación, se convirtió en un amigo. No es necesario ubicarlo en un lugar o darle un nombre, cierto o no, para reconocerlo o presentarlo. De hecho, prefiere que su voz no sea tanto suya, al menos no cuando otros se acercan a observar y adelantar preguntas. Compartiendo su tiempo y su espacio, supe de la muerte de alguien que conocía; alguien que atisbaba misterios, ya fuera porque leía en las sombras escondidos secretos que dejaban de serlo al momento en que los llamaba, o porque de tanto vivir sospechaba e intuía los malestares y los cansancios de los que llegaban, como pacientes, en busca de un consuelo, una palabra sabia, una plegaria, un gesto cargado de significado que les disipara los impedimentos y las tristezas.

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